martes, 10 de junio de 2014

Meditaciones sobre la estupidez en las tinas de baño


¿Quién ha visto desfallecer al viento, aquel ente de intangible tesitura, darse por vencido cuando se encuentra formando sus remolinos locos, o cuando ruge en la intemperie y nos susurra sus ininteligibles disquisiciones? A mí ayer se me cayó el shampoo en la tina de baño, y se me hizo un desmadre adentro. 

La foto de arriba no es mía, es de otro pendejo bañándose, no obstante, un vínculo innegable nos une de por vida: ambos tenemos tina de baño, y los dos compramos el mismo pinche shampoo naranja (el cual, por cierto, deja el cuero cabelludo muy reseco, no lo recomiendo en absoluto). La única diferencia visible (al menos en esta foto), es que al pendejo de arriba todavía no se le ha caído el shampoo dentro de la tina, y a mí ya ¿Acaso eso me hace aún más pendejo que este pendejo? Es un pensamiento tormentoso, no hay duda.

¿El "desmadre" "adentro" de "la tina" no representa entonces, dentro de otro contexto, una metáfora del desorden que alberga cada cual en su interioridad, aquella multiplicidad desorganizada de la mente tan común en estos tiempos, misma que abruma nuestros días y los llena de ansiedad y de un persistente desasosiego? ¿Qué es el shampoo entonces, sino un potente detonador del caos, el gatillo que se activa cuando la porcelana nos traiciona y nuestros actos se salen de control por unos instantes (que pueden ser minutos, o días, o años)? La estulticia como agente del caos: ya lo vio primero Erasmo antes que The Joker -el archienemigo de Bathtub- durante un momento decisivo de su vida, cuando se le cayó el jabón con el que se estaba bañando. Aguas: el que se apendeja en la bañera, se lo come el puerco (o sea, El Diablo).

¿Por qué el pendejo de arriba sonríe como un Buda mojado, como un Dizzy Gillespie con los pantalones abajo en medio de la pista de baile? ¿Ha alcanzado acaso algún tipo de iluminación aguañosa, propiciada por la deliciosa temperatura del agua caliente y el vapor que de ella emana? ¿La higiene personal nos hace siempre más felices, sobre todo si somos lo suficientemente pendejos para no darnos cuenta de los problemas más agudos que aquejan al mundo y a la gente que en éste vive?

¿Y qué tal que el pendejo de arriba en realidad sí soy yo, y les estoy viendo la cara a todos ustedes? Eso ya no me hace tan pendejo, ¿o sí? Porque al parecer existen varios niveles de estulticia: desde los más básicos, que compartimos casi todos los miembros de la humanidad, hasta los más especializados, mismos que una serie de hombres excepcionales obtuvieron con base en excelencia espiritual y perseverancia, un estado de gracia pendeja que sólo muy pocos -poquísimos- pendejos han logrado obtener. No es lo mismo creer que Alá es grande y que nos vigila, castiga y premia desde el espacio exterior, o que nuestra democracia es un sistema de gobierno verdaderamente representativo, que la creencia en el externalismo o en el principio de individuación.

El pendejo de arriba no puede ser yo, porque todavía no se le ha caído el shampoo adentro de la tina de baño: así de sencillo. Y el pensar eso incomoda... sí que incomoda.     

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