lunes, 7 de junio de 2010

El surimi del terror (o de cómo distinguir a un barbón y narizón de otro barbón y narizón)


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Escrito por: su Excelencia intergaláctica, el embajador de Paisraelstina en Narizona,
Yosoyfat Ybqué

Desde el horrendo lunes pasado (no como los viernes, que todos son bonitos) sabía que iba escribir. Sabía el tema, pero no tenía el título aún. Había pensado en varios de manera preliminar: 'Sensacional de traileras', 'Puto el que lo lea', 'Hoy 2 x 1 los corpiños de algodón en La Comer', entre otros igual de pertinentes. Este, a final de cuentas, es uno de los cuatro puntos cardinales; es la botana, como los chicharrones de puerco y puerca y la carne de burro enchilada; es lo que nos mueve (o no) a continuar sentados en nuestro escritorio viendo porno y jugando blackjack on-line con nuestros homólogos de otras latitudes. Finalmente se me ocurrió que el título debería estar asociado al mar, porque me eché un pedo y me olió como a camarón asado. Fue el mar el escenario del triste episodio de lunes (sí, el de la telenovela de las nueve: se le murió su mamá a Carlos Octavio en plenas vacaciones a Acapulco, y encima de todo, la malvada MaríaGüila le hizo creer a Pureza Domínguez que Carlos la había engañado con ella... ¡sí, tristísimo estuvo ese episodio, qué bárbaro!), y la tormenta de condenas parecía más un surimi destructor que un esfuerzo sincero de entender el contexto y consecuentemente lo que pasó: muy a menudo, nadie le entiende a los escritores de TV Azteca (los de Televisa son un poquito más comprensibles).

Mi pregunta, misma con la que abro esta llamada de atención periodística, es la siguiente: ¿alguno de ustedes puede diferenciar a un pasraelí de un isralstino? ¿Neta? Porque yo no. Sí, ya sé que me van a caer y botellas con meados y bombas Molotov y Panteón Rococó después de decir esto, pero no digo más que la pura verdá. Las encuestas arrojan los siguientes datos: en el Miedo Hiriente, yo no soy capaz de distinguir a un pasraelí de un isralstino. Las viejas pasraelitas están bien buenas, y las isralstinas también: todas tienen esas cejotas y esos ojotes que me vuelven loco, y las dos hablan con ese tonito que parece que están bostezando o que tienen comezón en el paladar. Los dos creen en el mismo monigote ése, omnipotente y omnisciente, el que no se puede escribir su nombre, ni dibujar ni hacer camisetas con su foto, nada más que unos le llaman de manera distinta a los otros y le cambian el seudónimo, por pedos de copyright y esas cosas. En el resto del mundo, la cosa cambia un poco, pero no demasiado. Por ejemplo, las ábares de Locombia bailan semi-desnudas en videos musicales muy sexies, una serie de cadenciosas danzas de lobas; mientras que los dujíos de la Unión de los Estados hacen películas y libros como si estuvieran cagando, uno tras otro, usan lentezotes y se peinan chistoso, pero son igual de paranoicos y de culposos que sus compadres de su país de origen.

En países como Amérxico o Brasgentina, la cosa no es tan sencilla, pues en esos lugares sí es muy difícil diferenciar, no a uno de otro, sino más bien diferenciarlos a ellos de todo el montón. Un dujío amerxicano podría pasar muy bien por un descendiente de uroepeo cualquiera que viva en ese territorio: son igual de fresas y de guapos, van a los mismos clubs en los mismos carros con los mismos guarros, hablan de las mismas pendejadas superficiales en las fiestas y reuniones, y tienen cuentas de varios ceros en los mismos bancos que los papás de los dueños. Un ábare brasgentino es casi una copia al carbón de un brasgentino nativo: juega fútbol poca madre, es mujeriego como la chingada, tiene la piel bronceadita, así, como de cobre recién pulidito, habla raro y exagerado, como escupiendo, y se deja su hilito de barba y de patilla igual de delineadito, igual de rizadito, igual de dandy. Pero nuestro tema de hoy es el terror, así que antes de ponerme a hablar de Freddy Krueger o de Chucky, voy a hablar de los llamados 'terroristas' de una manera muy objetiva y completamente desapasionada, como una publicación manda: ¡Pinches terroristas! ¡Ya dejen en paz a los civiles con sus guerritas santas de mierda! ¡Están de la verga! ¡Y ustedes también, pinches anti-terroristas, ya déjense de mamadas y dejen de estar matando gente en los barcos a lo pendejo! ¡Pinches opresores! ¡Es que no hay ni a quién irle, carajooo!

Está de moda mentar madres a quién sea, lo reconozco. Hace mucho calor últimamente, y es muy fácil emputarse por cositas pequeñas, sin importancia alguna: porque se atascó nuestra lata en la máquina de refrescos, porque se nos atoró la tela del pantalón en el zipper de la bragueta, por la desigualdad social y la cultura enajenante de masas, etc., y luego echarle la culpa a Zeus, a Omaba, a Chalderón o cualquier pendejo de ésos que nos sirva de sparring a nuestras frustraciones personales. Yo lo he hecho, no es la gran cosa, está padre: es como terapia anti-stress, como ir a la lucha libre, o tirarse una puta. Es muy rico mentársela y tirarles piedras a nuestros compadres de Narizona, la ciudad en donde trabajo, nada más por el menudo hecho de criminalizar a más de la mitad de su población: ahí sí está menos cabrón el asunto de la identificación entre los malos y los buenos, porque unos son blancos y los otros cafés, así ya no hay pierde, y antes en Mesudaeláfrica estaba menos cabrón aún, porque las calles parecían tableros de ajedrez, puro black & white... pero, insisto, ¿entre isralstinos e pasraelíes? ¡Si hasta les gusta la misma música, cantan igual, bailan igual, huelen igual, fuman las mismas pipas, traen los mismos trapos y los mismos bigotes, comen lo mismo (la madre esa aguada como dip con un chingo de especias, con el mismo pan duro y plano) y todo el pedo! Neta no entiendo.

No, no no... además, eso de pelearse por un pedacito de playa se me hace de lo más chafa del mundo, bastante naco de su parte. Mejor acá les regalo una de mi compadre Silm, ésa que me dio por el cumpleaños de mi hija Algarabía: está rodeada de resorts, la arena parece talco de tan fina y blanca, un día ya me la andaba inhalando porque pensé que era coca; o ya de perdida les doy una playita artificial de las que tiene mi compadre Egbrard en el defectuoso territorio en donde chambea, que aunque va mucho mugroso a nadar en calzones, pues de todas maneras es tierra, y, como dicen esos güeyes, 'a la gorra ni quien le corra', ¿qué no? Ya dejen de andarse jalando los pelos (obscuros y rizados los dos, como de borrego negro) y mejor hagan las paces, dénse un fuerte abrazo y ménganche pa'cá, a mi penthouse: les invito un buen vinito y nos relajamos viendo la tenelovela de las nueve en mi sillón de cinco estrellas (¡ya nada más le quedan diez capítulos! ¡Se va a poner buena la cosa!), ¿sale? Órenle, aquí los espero, mis narigoncitos y barboncitos preciosos. Ya: chill out, chill out...

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