lunes, 31 de mayo de 2010

"Porque mojarse es mejor en pareja": breve reflexión concerniente a las regaderas y sus deliciosos efectos





Nadie nos enseñó cómo bañarnos, quizás mamá o papá una o dos veces al principio, durante los primeros años de nuestras vidas, pero nada más: lo demás corrió por nuestra cuenta, y fue esa autonomía la que realmente importó, desde ese instante a la fecha en el desarrollo de nuestra higiene personal. Lo más seguro y viable es que nosotros, en el fondo de nuestro ser, supimos exactamente qué hacer desde el primer momento del contacto con el agua calientita y con la espuma del jaboncito, así como las tortugas marinas bebé, sin pensarlo ni tantito, recién rompen el cascarón del huevo que las contenía alojadas a la orilla de las playas, se arrastran intensamente hacia las aguas del mar, casi ciegas de vista y de entendimiento, locas por un buen chapuzón post-natal ¿Alguien nos dijo con qué intensidad debíamos de tallarnos detrás de las orejas? No. ¿Y qué tal la elección de la temperatura del agua? ¿También nos impusieron eso? Por supuesto que no. El uso de la regadera entonces nos parece un asunto de lo más natural que podamos encontrar en nuestro interior, como respirar, comer, caminar, hablar y masajear los nudos de las anchas espaldas y de los fuertes cuellos de nuestros compañeros.

Ha sido un constante debate durante décadas la cuestión de si es que uno nace sabiendo bañarse, o es una conducta adquirida según el entorno social y familiar, derivado de las presiones y traumas a los que estamos sujetos dentro de esos ámbitos. El reconocido psicólogo inglés Gaylord Hardonson, en los años noventas analizó (desde lejos) la conducta de varias tribus en el norte de África, mismas que al parecer nunca se habían bañado en su vida. "El apeste era intenso, no me pude acercar a menos de 250 metros. Por lo que se veía desde el árbol en donde yo estaba, se veían todos muy contentos, sin pedos, comiendo antílopes, chupando cock-os y toda la cosa". Desde luego, traemos a cuenta a esta tribu como un caso radicalmente excepcional, pero la realidad es que, como seres civilizados que somos, casi todos nos bañamos diario (o algunos más 'cochinitos' cada tercer día, mismos que respetamos y valoramos por igual: ¡que no les dé pena, muchachos, afirmen su cochineidad!), y es casi un hecho que a todos nos gusta estar limpios, fresquecitos, oler bonito, vernos bien, humectados y rasuraditos. La verdadera anormalidad impera en gente marginal como los teporochos y los renunciantes a la vida material (monjes mendicantes, ascetas, estudiantes de medicina), pero igualmente se sigue sosteniendo nuestro argumento: los primeros no pueden pagar por un servicio de limpieza al vivir en la miseria absoluta, y los segundos nunca han experimentado el placer de un buen regaderazo, los olores, las texturas y toda la serie de satisfacciones que implican las delicias del aseo personal. Casi estoy seguro que estas personas se saben bañar, pero aunque parezca que no quieren, no pueden bañarse. Viviendo en un estado de represión y depresión constante, bajo la lupa de nuestro juicio sus vidas nos parecen verdaderamente tristes y sin sentido (pero los respetamos y valoramos por igual, porque todos somos seres humanos).

No obstante, la pregunta fundamental sigue en pie: ¿uno nace, o se hace un bañador? Habría que realizar, desde luego, una de las distinciones fundamentales sobre este tema antes de proseguir en nuestra modesta disertación: hay de bañadores a bañadores. No todos los que nos sabemos bañar nos bañamos con la misma frecuencia, ni usamos la misma cantidad de shampoo ni de acondicionador a la hora del 'shower'. Hay quienes nos gusta tallarnos con más fuerza, brutalmente, con ímpetu animal, y otros con más delicadeza, apenas rozando la epidermis con los dedos, removiendo las células muertas de nuestra piel con mucho cuidado, como una sutil caricia. Algunos usamos productos especiales para el cutis, como cremas, exfoliantes, productos anti-arrugas, bloqueadores solares con factor de protección UV 41-FPS 69, mientras que otros se bañan con jabón Roma o Zote, y ya estuvo: 'el chiste es estar limpios', según ellos. En la elección de la temperatura del agua, ni se diga: hay una leve pero decisiva distinción en los grados en que gira la muñeca para abrir la llave del agua, y existen tantas combinaciones entre porciones de agua caliente y de agua fría como regaderas hay en nuestra sacrosanta ciudad. Todo un abanico multicolor de posibilidades abiertas.

Como podemos observar, la diversidad es muy amplia en cuestión del uso y desuso de las regaderas, cosa de la que debemos sentirnos bastante orgullosos, pues somos la única especie en el mundo que puede elegir bañarse o no: la mayoría de los animales les vale madres si están sucios, se meten al lodo, a la tierra, andan por todas partes bajo el sol y la lluvia, apestan a madres y no les importa un carajo (nótese que respetamos y valoramos a las bestias de igual manera, pues dice la ciencia que nosotros también somos animales: mejores y muy superiores a todos, pero animales al fin). Sólo nosotros, los humanos, sabemos qué hacer con nuestro cuerpo, nuestro cabelllo, nuestras uñas de los pies y de las manos, y con la higiene de nuestro pene (y de esa otra cosa medio repugnante que empieza con 'v' y termina con 'a', que respetamos y valoramos también, porque por allí salimos hacia el mundo). Hasta aquí mi exposición. En otra ocasión tendremos la oportunidad de tocar el tema de los balnearios, altamente relacionado con éste sobre el que acabamos de disertar. Acuérdense de ser ecologistas y de preservar nuestro hermoso planeta al aprovechar sus recursos, como reza uno de mis grupos favoritos en facebook cuyo título es: 'Cuidemos el agua: bañémonos de a dos'. Jua jua. Un poco de humor no hace daño, una vez al año, así como darse un baño. Besitos. Ciao ciao.

Ozkar Albertti, analista social ítalo-mexicano
(33 años, soltero, vive solo. Tél.:04455-6998-7413 / e-mail: fuschia_pagüer@hotmail.com)

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